• Ariadna Cases

Cómo el abolicionismo de la prostitución puede llegar a maltratar y construir víctimas.


Siempre he creído que una buena salvadora debería adaptarse a quien dice ayudar o defender y no al revés. Bien, pues esa es mi sensación, que es al revés, que me tengo que adaptar a ti, acatar todo lo que estás diciendo, si no lo hago sufres mucho. 

Tanto sufres por mi culpa que te vuelves violenta y me atacas: Yo no soy nada, no hago nada por nadie, lo mío es asqueroso y no es un trabajo, soy una mujer violada... 

No contenta con este ataque, me acusas de fomentar la desigualdad entre mujeres y hombres.

Me rebelo, te aporto mi experiencia que no es únicamente la mía sino de un colectivo a nivel mundial y te argumento. 

No te gusta que te lleve la contraria, no tienes en cuenta mi consentimiento, “viciado” le llamas. De golpe soy un sujeto pasivo a lo que concierne a mi vida, un ser tutelado y reducido a la nada...

Finalmente se invierten los papeles, soy yo la que te tiene que salvar: pensar como tú, ser sumisa y entender que por mucho daño que me haga tu decisión acerca de mi vida es por mi bien y debería estarte agradecida. Cuando te contradigo, pierdes tanto los estribos hasta tal punto que me acusas de proxeneta y de cometer un delito. Sentencias que denunciar lo que me oprime y revindicar mis derechos es reclutar a otras. 

Llegado a este punto, contra mi voluntad, debilitada por esta violenta y confrontada situación de chantaje emocional me siento forzada a bajar la cabeza, a decir que estoy equivocada y que estoy haciendo algo perverso, no solo conmigo misma sino para con todas las demás. Claudico a la fuerza. 

Ahora me sonríes, me das la mano y seguidamente un abrazo, tú, todas, sonreís orgullosas. Os he salvado. Ya no sufrís. Me gusta veros así.

#maltrato #violenciainstitucional

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